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La desigualdad ¡hasta en la sopa!
Martha Alicia Baca
Todavía recuerdo cuando en mi época de adolescente mi madre me decía: "Tengo que salir; por favor espera a tu hermano para que le sirvas la comida, todo está preparado en el horno". Invariablemente oía pífanos, y sentía que me ponían un par de banderillas. No podía sino responder: "¿y qué, no tiene manos?, ¿está incapacitado?, ¿no puede servirse solo?". Mi madre respondía también invariablemente: "Tú le sirves, por favor. Viene cansado y ES HOMBRE".
¿Y qué? ¡También yo iba a la escuela, me cansaba, tenía mucha tarea y cosas pendientes de hacer! Aunque mucho repelaba, debo confesar que siempre acababa haciéndolo, primero por obediente y luego porque la tarea en sí misma no me desagradaba. Lo que me reventaba era el argumentito de "porque es hombre". Con el paso de los años, he entendido que a mi generación todavía le tocó vivir esas diferencias grandes que se producen en el seno familiar entre las hijas y los hijos, consecuencia de una formación desequilibrada y en la que no había mucha conciencia de la manera como se favorecían situaciones inequitativas. Nuestras madres vivieron diferencias enormes: tuvieron pocas o ninguna oportunidad para estudiar; se les preparaba para que en un futuro contrajeran matrimonio, tuvieran hijos y se dedicaran a formar una familia. A eso llegaban sus aspiraciones: ser estupendas formadoras de familia que atendieran su hogar, cocinaran, plancharan y administraran el gasto. Es cierto: su dedicación, tiempo y cuidados en la formación de personas es algo que debe ser justamente reconocido. No es hacer pompas de jabón. El problema fue que no tuvieron más opciones. O se dedicaban al hogar o se metían al convento. Ya de perdis, se pegaban a alguna familia joven para hacerla de segunda madre de los peques y sentirse útiles. Triste condición de muchas tías solteras. Las más inteligentes, las más generosas, fueron abriendo espacios a sus hijas, nietas y sobrinas, para que ellas sí recibieran educación y sus horizontes se ampliaran, aunque sin quitar el dedo del renglón sobre la preeminencia de formar un hogar. Dime si no es cierto: se nos fomentaba la superación intelectual, pero como adorno, como complemento o gracia adicional. Lo básico -se nos decía- era atrapar un buen partido, serio y trabajador, tener muchos hijos y ser felices en la atención constante de la familia.
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