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Amos de casa desesperados
Luis Buero

La exitosa serie Desesperate Housewives instaló nuevamente en los televisores una imagen ya olvidada del prototipo femenino tradicional. Me refiero a ese rol clásico que era pilar de las comedias familiares de antaño, y que luego fue dejado de lado por los productores para dar espacio a las chicas de Friends, o de Sex And The City, o generar series policiales en los cuales la protagonista era capitana, o caza-vampiros, o agente secreto, o fiscal general, o asesina, pero nunca ama de casa. Obvio que esta recuperación mediática de la mujer dueña y señora del hogar vino a destruir otra vez un permanente imaginario masculino: esa presunción inocente de muchos varones de que la mina que no trabaja en una empresa ni desarrolla una profesión, es decir, la que no se ve obligada a frecuentar muchos tipos a diario, no tiene opciones ni tentaciones de infidelidad. Por el contrario, este programa nos recuerda el mito contrario a través del personaje de Gabrielle Solìs (Eva Longoria, o Araceli Gonzalez en la versión argentina). Me refiero a la típica esposa mantenida que se aburre y engaña a su marido, en este caso, con un jardinero adolescente. O como le escuché decir riéndose a una muchacha que charlaba con su amiga en un colectivo: “Negra, es falso que el matrimonio mate el deseo sexual… al contrario, lo incentiva ¡con el sodero, el gasista, el plomero y el fumigador que viene los sábados!” Pero esta sospecha social que rondaba las mañanas o siestas barriales (lechero mediante) no es este siglo, pues ya los señores medievales que partían en las Cruzadas les colocaban a sus parejas un cinturón metálico de castidad, tan duro y fuerte como la desconfianza que ellas les provocaban. Ahora bien, los cambios económicos han generado una camada de hombres que permanecen en su vivienda la mayor parte del día, porque perdieron el empleo o porque convirtieron su living en consultorio, despacho, escritorio, o hasta pequeña fábrica. Y mientras su pareja va a la oficina, ellos cumplen labores en su morada, pero también limpian y ordenan, hacen mandados y a veces preparan la cena. Y ahora es ella, la Julieta moderna, la que mientras habla con el gerente se pregunta porqué si lo llamó dos veces, su Romeo no atiende el teléfono: “¿dónde se metió este desgraciado?”. A los amos de casa desesperados no los seduce un plomero, pero los puede flashear la joven mucama, la concubina del encargado del edificio, la chica que le alcanza la ropa del laverrap, la promotora a domicilio de cualquier producto, la cajera del supermercado, la vecinita soltera del quinto “J” y la vendedora de la librería donde saca fotocopias todos los días. Lo que prueba, primero, que la ocasión no hace al ladrón, sino al revés, y segundo, que hay tres cosas de una persona amada que no podemos evitar, si tiene que suceder, y esas son: que se muera, que nos mienta, o que nos meta los cuernos.
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