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Estatuas de sal
Manuela Fernández González
Cuentan que la mujer de Lot quedó convertida en estatua de sal porque al girarse para ver el castigo terrible que caía sobre Sodoma, comenzó a gritar: "¡Hala, os lo tenéis bien ganado, cochinos, más que cochinos, piernas y sinvergüenzas!"
Muchas estatuas de sal se encuentran en este mundo. Son personas amargas, rancias, secas y negativas; atormentadas y acortezadas en sus pequeños complejos. Tienden a fiscalizar las vidas de los demás, aguardando la desgracia que se supone -tarde o temprano- caerá sobre esos pobres que no hacen más que comprar boletos para el sorteo de una lotería dramática.
No falta en el mundo de la educación ese tipo de personas a las que una, gracias a Dios, no quiere acostumbrarse. Porque ciertamente, dentro de ese paisaje que son las aulas, se encuentran chicas y chicos que por muchas razones se intuye que acabarán muy mal. Son gente difícil, con una capacidad asombrosa de sacar los pies del plato, cruzar fronteras, de armarla buena... aunque, con frecuencia, ni ellos mismos saben el porqué. Y a nadie le extraña que un día se tengan que tomar decisiones fuertes que afectan la vida del chaval y de su familia. Es en esas ocasiones cuando aparecen los rancios de turno para contemplar la lluvia de azufre, y aprovechar para endilgarnos su moralina triste y repetitiva. Todos aportamos Quienes andamos entre críos y crías les aportamos algo. Lo queramos o no. Estamos allí, delante de ellos, y les mandamos una cantidad de mensajes implícitos que si pudiéramos conocer exactamente cuáles son, nos asustaríamos: modos de hablar, gestos, silencios... Cómo vestimos, Cómo olemos... Miradas, saludos. ¡Nos asustaríamos! En un mundo así es fácil convertirse en dioses, budas hieráticos que están por encima del bien y del mal. Es fácil caer en la idea de que nosotros somos la regla, la medida, el fiel que marca la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Y llegar a despreciar la compasión.
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