El mito del amor materno

Mar 16, 2010 1 Comment by AlejandraCabreraMata

Alejandrina Cabrera Mata

En la mayoría de las especies de animales mamíferos, las hembras cuidan de sus crías de una forma tal que la relación de los pequeños con su madre es el vínculo indispensable, sin el cual es casi imposible que sobrevivan. En este sentido, la madre renuncia a su ser para entregar al hijo su energía y su cuerpo, pero no necesariamente sacrifica su vida misma (1).

Sin embargo, entre los seres humanos, ser madre no es un acto confinado a los instintos y a la pura conservación de la especie. También es un hecho moral regido por reglas y convencionalismos establecidos por la cultura.

Entre los seres humanos existen, además de los actos instintivos, las actitudes aprendidas como “deber”, o como “buenas”. Y, entre nosotros, no sólo existe la madre, sino la “buena” madre, que es aquella que “nos ama aún antes de conocernos”; expresión de lo incondicional, ciego y generoso que debe ser el amor materno. Un amor incondicional (¿puede haberlo?) es grandioso por improbable: es un mito. (2)

Nos trasmiten el mito desde nuestra infancia y a lo largo de nuestra vida mediante la televisión, el cine, la radio, las revistas; también en la escuela, en la iglesia y en la familia… Se convierte en componente fundamental de nuestra construcción social de la realidad.

I

La madre es una construcción social, es un estereotipo que se construye colectivamente y que se impone como parte de la conservación del sistema social. De manera extraña, ese gran amor desinteresado se revela obligado, porque es lo que “debe” expresar una “buena madre”. Y podemos señalar que el modelo de amor materno no surgió directamente de las relaciones entre hijos y sus madres en una época precisa de la historia; es –sobre todo– un canon prescriptivo inventado colectivamente en el curso de la historia de nuestra cultura, destinado a guiar u amoldar las relaciones entre hijos y madres de la vida real.

Por otra parte, es dudoso que sea frecuente encontrar tamaña expresión de amor en las condiciones de carencia y deshumanización de la vida que ahogan a las personas que no satisfacen sus necesidades orgánicas más elementales. Hay mejores condiciones para amar, aunque no es garantía, en donde las madres y los hijos tienen alimento, vivienda, seguridad u apoyo social.

En este contexto, las celebraciones por el Día de las Madres fácilmente se convierten en un rito sensiblero que tiende a oscurecer un aspecto que debe ser sometido a crítica: la maternidad, tal como la presenta el mito que prevalece actualmente, implica para la madre una vida limitada, de entrega total e incondicional al desarrollo de vidas ajenas a la suya.

Porque, en nuestra sociedad, ser madre exige de la mujer un altísimo grado de renuncia a sí misma. Es común que la mujer termine por diluirse en el mar de necesidades y requerimientos de los hijos. Pero, ¿debe ser así? ¿Tiene algo de malo ser madre? Quizá lo negativo es que el mítico amor materno obliga a la mujer a renunciar por completo a otras opciones de vida.

II

Durante generaciones se ha creado en la mente colectiva una imagen, un modelo de lo que “debe” ser una “buena madre”: la abnegada y generosa, la que ama sin condiciones, sin quejas; la que es comprensiva, amigable, “el consuelo de todas mis penas y la cuna de amor y verdad” (así dice el “Príncipe de la canción” en una de sus interpretaciones más gustadas).

Sin embargo, participamos de un sistema de valores que hoy se sostiene precariamente frente a otros sistemas de valores. Cada vez es más palpable la pluralidad y la heterogeneidad en los valores que eligen o adoptan las personas para guiar su vida.

Estamos, por consiguiente, en un tipo de crisis de los modelos de madre y de amor materno que han dominado la educación sentimental de las generaciones a lo largo de muchos años; desde los modelos de madre promovidos e impuestos por la época de oro del cine mexicano y por innumerables canciones que son verdaderos emblemas del mito, en los que el modelo es una madre anciana “cabecita blanca” (porque este es el extremo de la mujer sin necesidades sexuales), abnegada, sufrida, extremadamente llorosa pero refugio de amor, entregada en cuerpo y alma a los hijos, preferentemente a los hijos descarriados, porque son quienes dan mayor sentido a su papel.

En un modelo en el que la debilidad de la madre es su fortaleza y valor, porque es capaz de atemperar la violencia del carácter masculino. Este modelo muestra una polaridad marcada entre la sensibilidad de la madre y el autoritarismo del padre. Pues la madre es el extremo opuesto del padre autoritario u arbitrario, cuyos actos son incuestionables (3).

Tenemos también el modelo “moderno” de madre, que data de los años 80 y 90, de una madre que ya no es anciana, sufrida ni tan “abnegada”, sino que ya se le permite usar pantalón y es madura, dinámica, comprensiva y amiga. Pero el modelo no ha cambiado del todo, pues aún exige entrega total, ya que nunca sabemos qué hace la madre cuando no es madre. La madre sigue hundida en el mar de necesidades y requerimientos de los hijos: sigue viviendo a través de ellos.

III

Los modelos son las formas externas del mito, y estos modelos son las pautas que enseñan a las personas el “deber ser”. Pero la diversidad de la realidad supera siempre la simplicidad de cualquier modelo.

En la realidad hay una gran diversidad de formas de ser madre, y no podemos asegurar que el amor de la madre es algo innato, algo dado de antemano, algo que debe ser. Los modelos pretenden callar, por ejemplo, la rebeldía de algunas madres que no sienten amar a sus hijos, porque son producto de un embarazo no deseado. Por otro lado, existen las mujeres que no conciben otra forma de ser, de realizar su vida, sino a través de la maternidad.

La cultura sentimental, las concepciones acerca de la familia, del amor materno, de la madre, están cambiando. Hay mujeres que creen que la maternidad concebida tradicionalmente es una más de las cadenas de esclavitud y limitación que impone la sociedad gobernada por los hombres. También hay otras que creen que lo anterior es una exageración, y que quienes piensan así no son mujeres completas porque no desean ser madres.

¿Alguien tiene la razón? No lo sabemos de cierto, un extremo y otro –así como las opciones intermedias– son posibilidades entre las que cada persona elige, según sus valores elegidos, sus ambiciones, su conocimiento o su ignorancia.

Un hecho es incontrovertible: las mujeres constituyen la única parte del ser humano que puede mantener y generar en forma natural las condiciones para que un nuevo ser humano se desarrolle a partir de la unión de los gametos masculino y femenino. Este hecho genera en la madre un sentimiento de protección y necesidad de conservación, pero no necesariamente de amor incondicional: esto es una idea socialmente construida, es una cobertura moral para un impulso inicialmente instintivo.

En todo caso, si es que el amor materno se puede realizar sólo puede ser único, singular, no puede ser un modelo. Es construido entre una madre y unos hijos en particular, no necesariamente “debe” obedecer a un modelo impuesto por los medios de comunicación o por la tradición. Y, lo más importante: aceptar que no puede ser amor un vínculo que anula a la madre para que el hijo pueda realizarse.

Además, no tendría por qué ser sólo el amor de madre el pilar del desarrollo de la familia, sino de todos sus miembros y, en especial, del padre quien cada vez participa más de la relación con los hijos.

La cultura es algo que cambia con extrema lentitud a través de la generaciones. No basta una reflexión o la pura comprensión intelectual para que las personas cambiemos radicalmente nuestras concepciones arraigadas desde la inconsciencia de la niñez o desde la comodidad del poder. Es evidente que un cambio no depende sólo de la voluntad de las personas, pero las costumbres y las ideas cambian también gracias a la voluntad de las personas.

Tal vez sean necesarios los modelos, pero no hay en este momento uno que se oponga con éxito al impulsado y promovido por los medios de comunicación, cuyo único objetivo de fondo es el consumo. El sentimentalismo ramplón que emana de esos mensajes sólo es la cubierta dulce de una medicina amarga.

Notas:
(1)
En tiempo de carencia, se ha visto a hembras de las más diversas especies abandonar a sus hijos, o no darles de comer. Una leona desnutrida comerá primero ella misma e impedirá que sus pequeños prueben alimento. Si se “sacrificara” por su prole, ni ella ni sus cachorros sobrevivirían. En cambio si ella se salva, aunque los deje morir, tal vez tendrá oportunidad de reproducirse de nuevo. En la naturaleza, como en la sociedad, ser una buena madre es muy difícil en condiciones de carencia. Una mujer desesperada que abandona a su hijo recién nacido no es “desnaturalizada”. “En la naturaleza, muchas hembras harían lo mismo”. Ortiz Lachica, Fernando, “complejo materno”.

(2) El mito constituye un tipo de discurso fundamentador que se caracteriza por su gran utilidad práctica para explicar los problemas críticos que se encuentran los seres humanos. La mitología es el modo en que los individuos y la sociedad entiende y organiza su mundo, y perpetúa su sistema de creencias acerca de ese mundo. Los mitos son historias de importancia que las personas se cuentan a sí mismas y a otros para darle explicación al mundo que las rodea. Aunque los mitos son invenciones colectivas, no son mentiras: nacen de una semilla de verdad, alimentada por las esperanzas, los deseos y la necesidad de los hombres de creer en una determinada visión del mundo. Cfr. (“El mito de Prometeo”).

(3) La película más representativa al respecto, y quizá más influyente en la conciencia nacional, es La oveja negra, de Pedro Infante (un ídolo aún vigente en el imaginario colectivo), y Fernando Soler interpreta esa difícil relación. Es significativo que el nombre de la actriz que representó a la madre abnegada no es memorable.

Toda Familia, maternidad

One Response to “El mito del amor materno”

  1. MARY says:

    Expresa nuestras conciencias
    reafirma nuestras fortalezas
    nos brinda ese sentimiento de afinidad
    que en ocasiones tanto nos falta……

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